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De Quimeras y Ensoñaciones

Pajaritas de papel

Vive su soledad en rebeldía, viajera, autónoma. Una taza de café sobre la mesa. Mucho tiempo libre por delante, una ciudad hermosa de vacaciones, una mujer hecha a sí misma, una plaza bulliciosa, San Marcos, eternos paseos sobre los puentes.
Un día me senté en una terraza a conversar con ella, me dijo :

- Sé hacer preciosas pajaritas de papel.
- Yo no sé hacerlas.
- Uso servilletas de papel.
- Nunca lo he intentado.
- Pasas poco tiempo SOLO en las cafeterías. ¿verdad?
- Las servilletas de papel las usaría para escribir cuentos.
- Yo también, pero las servilletas no sirven para escribir cuentos, se rasgan.
- ¿Y tú? . ¿Pasas mucho tiempo sola en las cafeterías?
- Sé hacer pajaritas de papel.

Gisela III

A partir de ese momento, nuestras relaciones fueron a través de internet, un medio tan versátil, rápido y cómodo de usar, y compartíamos un lugar de encuentro y nuestras intimidades y sin embargo, a pesar de ese cariño tan entrañable que sentía por esa mujer de allende los mares, seguía viendo en sus poemas un algo velado que no era capaz de decirme en su e-mail, pero sólo creía, yo no era un adivino de mentes ni de sentimientos, a veces pensaba que Gisela se había enamorado de mi, otras creía que era una amistad, ahora en la lejanía, otras imaginaba que el que estaba enamorado de ella era yo, no sé, me sentía tan bien cuando ella se comunicaba conmigo y tan mal cuando no tenía noticias suyas que ya no sabía que pensar.

Ayer escribió un precioso verso, titulado estar sin ti y cuya última estrofa decía :

El mundo sigue y yo estoy inquieta,
Nunca imaginé, que quererte fuera algo así,
Siento que todo bajo mis pies se agrieta
Y solo porque no sirvo para estar sin ti...

Y bien … ¿Qué pensar de esto? . No lo sé. Ya no sé a que acatarme.

Ramón, a quien está empezando a gustarle esto de internet, dice que cambiaría su papel en esta historia por ser yo. Me ha comentado que va a comprarse un ordenador y a instalar internet en su casa sólo para hacerme la competencia y para quitarme a Gisela. Creo que está un poco loco. Bueno, siempre lo ha estado.

Gisela me ha comentado que ha empezado a trabajar enviando colaboraciones a un diario, al diario más importante de Cancún, el “Novedades de Quintana Roo” que diariamente publica un poema suyo.

Esta mujer es toda fuerza y tesón.

¿Por qué querría Dios, si es existe, castigarla con esa enfermedad tan cruel?.

Volví a Méjico unos meses después, nuevamente en comisión de servicios, mandado por mi empresa.

Herbert ya no compartía su casa con su mujer, habían decidido separarse, sin acritud, pero ellos sabían que ya no podían seguir juntos, una vida en pareja, pues sus diferencias eran notables y los silencios muy largos. A Gisela aquello le entristeció y a pesar de mi llegada y de su aparente alegría, le noté tristeza en su ojos de princesa. Fueron otros tres días inolvidables.

Ya sabía que además de escribir poesía había empezado a publicar en el suplemento semanal de los domingos una novela. Gisela parecía una escritora destinada a alcanzar lo más alto. Y a su vez se dedicó a escribir comentarios sobre asuntos de política interna y de interés general, una “columna” diaria, que le hizo ganar el “premio del periodismo” del estado de Quintana Roo, y la benevolencia del gobernador del estado y del presidente municipal de Cancún.

Comento lo anterior puesto que en esos tres días que pasé en Méjico coincidió con los premios, yo la acompañé a la ceremonia de entrega del premio de periodismo, ella estaba muy nerviosa, parecía un flan de tres pisos de altura a punto de caerse de la bandeja al suelo, su hermano Jorge nos acompañó a recoger el premio, en un acto sencillo, pero muy emotivo. Los aplausos de los asistentes no la conmovieron tanto como el discurso que pronunció su hermano en su nombre, dando las gracias por la concesión del premio, y que ella misma le había escrito para que lo pronunciase, pues ella no se sentía capaz de hacerlo. Más tarde, en privado, me comentó que hubiese sido el día más feliz de su vida, con el premio y al tenerme a su lado, sino hubiese sido porque su padre no había podido estar con ella en el acto de entrega.

Al día siguiente, en la mañana, Herbert leía el diploma conmemorativo delante de nosotros dos.

Y a la tarde, paseando con Gisela, por “nuestro parque”, sentados en el banco donde nos conocimos por primera vez, un raro estremecimiento dejó paso al sentimiento de amistad por el de deseo, allí cerca, a su lado, mirando sus ojos oscuros, sus labios pálidos, sus labios …

Al día siguiente, con la excusa de mi imprescindible presencia en una reunión de trabajo, partí hacia Méjico D.F.

Huía de Gisela.
Estaba huyendo de ella. Me sentía culpable de amar y desear a alguien con quien no podría compartir una vida plena. Era un cobarde, un maldito cobarde, la peor de la canalla, pero sabía que si aquel beso se alargaba y eternizaba se convertiría en una mentira. Y ello era aun peor canallada. Peor un engaño que una huida. No me podía engañar a mí mismo ni a ella, no podía engañarnos a los dos, no. Y huí para no volver. No quería continuar con aquello, no quería herirla y después dejarla abandonada, y aquel beso había sido el comienzo de algo que de continuar si le hubiese, nos hubiese hecho mucho daño a los dos.

A partir de aquella huida cobarde nuestras comunicaciones a través de internet fueron cayendo en el pozo del olvido poco a poco. No quería herirla. No deseaba hacerme yo mismo ilusiones sobre algo que nunca llegaría a ser nada. Por cobardía, por miedo, por timidez tal vez, por estupidez, ¿yo qué sé por qué? , pero lo sabía muy dentro. Sabía que lo nuestro no podía funcionar. Y antes que aquella pequeña bola de nieve se convirtiese en avalancha, antes que nuestros juegos se transformasen en algo más que juegos divertidos y amistosos, con el mayor de los pesares en mi alma rota, decidí que era lo mejor que podía hacer.

Gisela era lo suficientemente capaz de darse cuenta de mi huida, me lo dijo con sus ojos al despedirse, me miraba con amargura y cierto desdén. Con aquellos ojos oscuros me estaba gritando, me tachaba de un perdedor en el juego, cuando ella siempre había creído en mí.

Al partir tan sólo me dijo:

- He pasado momentos inolvidables contigo, Miguel Angel, ¿volverás? .

Y esta vez no pude prometerle nada, ni ella me entregó ningún libro de poemas para el viaje.

Ramón había tomado mi lugar en sus relaciones a través de internet con ella, ellos dos constantemente se comunicaban entre sí, incluso a diario, yo apenas lo hacía, muy de tarde algún mensaje para saber que estaba viva y preguntar por Herbert, y un día Ramón me increpó a la cara mi actitud hacia Gisela y me mostró unos poemas que hablaban sobre amor cobarde. Sólo pude decirle :

- Tú nunca llegarás a saber lo que yo siento por ella.

Durante ese año siguiente, renuncié a viajar a Méjico, pude hacerlo gracias a un cambio con un compañero de trabajo que se prestó gustoso a intercambiar Méjico por Bosnia, un lugar que se había convertido en peligroso, prefería viajar a Bosnia, un país con otra cultura y lengua y al borde de una guerra, siempre en tensión que tener que viajar a Méjico y recordar a Gisela.

Y al final de ese año, de un año sin verla, y con noticias de ella a través de Ramón, Herbert nos comunicaba por carta, a espaldas de su hija, que siempre nos lo ocultó, que Gisela había contraído cáncer, un espantoso cáncer de vejiga y que estaba en una fase muy avanzada, terminal.

Cuando Ramón me comentó la noticia, al llegar de mi segundo viaje de trabajo a Bosnia, tres semanas después de recibir la carta de Herbert, hice las maletas apresuradamente y cogí el primer avión hacia Cancún.

… Desde un rincón de la cubierta del yate, como un observador, contemplé a Herbert, contemplé a su hijo, Jorge y contemplé la dispersión de las cenizas de Gisela sobre las aguas del mar.

Gisela II

Siempre que en la empresa había que establecer contacto con algún país de Centroamérica, allí estaba yo intentando ocupar el lugar. Pero no fue antes de cinco meses cuando lo conseguí, un nuevo viaje de negocios a Méjico.
La ciudad no había cambiado nada. Un monstruo de edificios, tráfico y reuniones estresantes de trabajo.
Pero cuando podía, me escapaba, me alejaba fuera de la ciudad y visitaba el parque donde les conocí con la esperanza de otro encuentro casual, que no se produjo hasta justo el día antes de tener que regresar a España.

Seguía eternamente acompañada de su cómplice de paseos, de su padre, y lucía más linda aún que la primera vez que la vi, con sus ojos oscuros y pelo rubio.

Estreché cordialmente la mano de Herbert y le di un beso cariñoso en la mejilla a Gisela, ella me ofreció su brazo y yo lo tomé, me era agradable ayudarles, compartir con ellos dos un corto paseo. Hacía algo de frío esa tarde.
Hablamos de las nuevas poesías que ella había escrito y de su gran interés en que yo las leyese. Pero yo debía regresar al día siguiente a España, sería imposible, pero para aquel hombre no existía esa palabra y Herbert me invitó a cenar esa noche en su casa y así poder leer el trabajo de Gisela, no rechazaría por nada su invitación.

Poniendo una torpe excusa regresé a mi Hotel, recogí el regalo que había traído desde España para Gisela, pues nunca perdí la esperanza de volver a verla, me aseé y adecenté un poco, compré unas botellas de vino, unas flores, una caja de bombones y un par de detallitos más sin importancia, y de tal guisa me presente en su casa.

Era una casa de esquina, junto al parque donde solían pasear, amplia y con un jardín muy bien cuidado.

La madre de Gisela, al entregarle las flores, se mostró algo reacia y suspicaz, en tensión, pero muy amable y educada. Herbert me acompañó a la habitación de su hija, tenía allí una biblioteca entera, montones de libros, y había un una caja sin desembalar aún.

- Es de un computador – Me respondió Herbert al notar mi curiosidad – es un regalo para Gisela, con él podrá escribir y corregir mejor sus escritos. No he podido instalarlo, pues no entiendo nada de estas tecnologías, cuando tenga tiempo avisaré a alguien.
- No es necesario – respondí – yo si entiendo de esto, si me ayuda, en unos minutos lo tenemos montado.

Fue la primera y única vez que vi a Herbert ruborizarse, las venas del cuello se le habían inflamado y me gritó en un tono que pretendía mostrar un enfado inexistente.

- Usted es nuestro invitado hoy, no voy a permitir que …
- No es ninguna molestia, todo lo contrario, será una forma de pagarles su invitación.
- ¡ De ningún modo ¡ ¡ Usted ha venido a cenar ¡ , no ha venido como técnico instalador.

Pero yo ya me había puesto manos a la obra, descerrajando la caja de cartón y escuché la voz de Gisela diciendo …

- ¡Por favor, papa ¡ Déjale, por favor.

Instalamos el ordenador antes de cenar, computador, como le llaman allá en Méjico, pero no dio tiempo a enseñarle a Gisela un mínimo de su funcionamiento, pues la cena ya estaba lista.

Todo transcurrió muy agradable y cordial. El tiempo pasó volando. A Gisela se la veía divertida y feliz y Herbert cuando la miraba en ese estado se contagiaba del mismo, todos nos contagiábamos de la alegría de Gisela.

Al terminar la cena, me levanté de la mesa, me acerque a la silla de ella y en cuclillas, le di mi regalo, era un libro con todas las canciones de Joan Manuel Serrat y varias cintas de música conteniendo variados temas del cantautor.
Gisela se abrazó a mi cuello torpemente, y casi haciéndome caer, ocultándome sus lágrimas, y yo me sentí avergonzado, azorado, ante aquella expresividad delante de sus padres.

No recuerdo muy bien lo que pasó después, tan solo oíamos las canciones de Serrat en su habitación mientras yo a su lado, le enseñaba el manejo del computador.
Nos habían vuelto a dejar solos.
No sé cuanto tiempo transcurrió, pero ella pudo transcribir muy lenta y de forma torpe uno de sus poemas al computador.

La madre de Gisela nos interrumpió.
-Es muy tarde ya hija – dijo –

Yo miré el reloj, se me habían hecho las horas segundos, me disculpe como pude, la disculpé a ella, a Gisela.

-La culpa es mía, -dije-, he estado entreteniendo a su hija y el tiempo ha volado, ahora tengo que irme. Les agradezco enormemente esta velada tan inolvidable. Prometo volver a visitarles la próxima vez que venga a Méjico, se lo prometo.

- Me gustaría que cuando volvieras –dijo Gisela con su voz entrecortada y pausada- siguieras enseñándome a manejar el computador.

Me despedí de los tres con pena y cuando después de abrazarme a Gisela , ella me alargó el libro de poemas del cual habíamos transcrito un verso al ordenador y me dijo:

- Léelo y regrésamelo cuando vuelvas.

Leí en el avión el libro, sus poemas, y me vi reflejando en alguno de ellos, creo que yo andaba desvariando, no, no era posible que ella me dedicase a mi ese verso, tan sólo habíamos coincidido un día, hacía cinco meses, antes del día de ayer, y yo ya me estaba imaginando cosas, me hubiese sentido muy halagado de ser cierto. Ese verso en particular se titulaba, ámame, amor, y su primera estrofa comenzaba así:

ÁMAME, AMOR, ÁMAME AUNQUE SOLO SEA ESTA NOCHE,
AUNQUE DESPUÉS LA MÁGIA SE TENGA QUE ROMPER,
CUANDO LA LUNA SE ESCONDA PARA EVITAR EL REPROCHE,
ÁMAME, AMOR, AUNQUE NO QUIERAS PROMETER A VOLVER.

En ese “aunque no quieras prometer volver” creí reconocerme, pues yo había usado esa expresión al despedirme … ¡Prometo volver!.

Y releí esos versos una y otra, una y otra vez, embrujado por su magia, hasta embriagarme de sus palabras, de aquella letra infantil y de trazos toscos y de vez en vez, su imagen aparecía entre las páginas y, con ella, para sacarme de mi estado de catarsis surgió una palabra maldita.. “parálisis cerebral”, entonces regresé de mi edén particular y exclamé en voz alta :
- ¡Tonterías… ! ¡Tengo demasiada imaginación!
Mi compañero de asiento de avión me miró y yo sonreí.

Mantuvimos correspondencia por carta. Unas cartas muy amistosas y cordiales, me hablaba de su capacidad autodidacta en el manejo del ordenador, en los progresos de los avances médicos en su enfermedad, en los cuentos que escribía y en su ilusión de participar en un concurso literario de poesía de su ciudad. Bromeábamos muy a menudo, dando doble sentido a nuestras palabras, mareándonos a risas escritas, a un “jajajajajajajaja” por cualquier nadería, cualquier bobada.

Llegó el verano a España, y con él las vacaciones, no lo pensé, me iría a Méjico, a sus playas, visitaría de nuevo a Herbert y a Gisela y esta vez me acompañaría mi mejor amigo, Ramón. Le había hablado de ella y él también estaba muy interesado en conocerla. No sé, si no fuera por lo bien que conozco a Ramón y la enorme amistad que nos une … , ¿Por qué diablos iba yo a ponerme celoso? .

Pues si, realmente me puse muy celoso, -y no sabía realmente bien el porqué -, cuando observé la expresión de Gisela al presentárselo. Fue la tarde siguiente al llegar a Méjico, después de deshacer las maletas e instalarnos en el hotel, me puse celoso ya que debido al carácter guasón y siempre bromista bienintencionado de Ramón acaparaba todas las conversaciones, siempre había sido una especie de grandilocuente charlatán de feria que conquistaba a las chicas por su labia, ya que no por su físico, y estaba allí siempre platicando, bla, bla, bla, ya bien dirigiéndose al padre, a la hija, ó a la madre, mientras ellas nos animaban a tomar unas pastas y nos servían café. Gisela reía sus gracias y yo la acompañaba.

Ella habló de una ventanita al mundo que había empezado a usar hacía no más de una semana, una conexión a Internet, con la que estaba ilusionada. Ni corto ni perezoso, me volví a ofrecer voluntario para ayudarla a usarlo y entenderlo, aunque sabía que ella era una mujer autodidacta, que era capaz y siempre lo había sido, de aprender por si misma, lo que otros no podían enseñarle debido a la dificultad que entrañaba la enseñanza a una persona con su enfermedad. Fue la única vez que me alegré de que alguien no tuviese conocimientos de informática, ni acaso le interesasen mucho, me refiero a Ramón.

Esa semana, mientras Ramón y Herbert compartían veladas en el salón ó en algún bar, Gisela y yo compartíamos conocimientos en navegación por la red. Llegamos a crear una página personal en internet, donde subimos varios de sus escritos.

La primera noche que salimos los tres juntos, Gisela estaba muy guapa y elegante. Ramón la piropeó hasta quedarse ronco. Ella, ya conociendo su carácter socarrón y dicharachero, sonreía, pero no se inmutó. Se agarró de los brazos de los dos y nos fuimos de “juerga”.

Fue una noche de ensueño, a pesar de las miradas de la gente hacia ella, a Gisela no le preocupaba, nosotros ya estábamos acostumbrados a la descoordinación de sus músculos, a sus movimientos inestables y siempre estábamos a su lado para ayudarla. Presenciamos un espectáculo musical para turistas, al fin y al cabo eso era lo que éramos nosotros dos, de mariachis y rancheras, y una cena copiosa y abundante. Ramón, haciendo el payaso, salió al medio de la pista, cogió una guitarra, un sombrero Mexicano y se puso a cantar “la cucaracha”.
Gisela no paraba de reir. Cuando él volvió a la mesa le dijo:

- ¡Eres tan bobo que …¡ ¡ Qué me has hecho llorar de alegría y de vergüenza ajena ¡ .

Más tarde la música de baile, relajada, un vals, para parejas, “un agarrado”. Y allá estaba otra vez Ramón, él fue el instigador, y “metiche” culpable e incitador para que Gisela y yo estuviésemos en la pista, agarrados, moviéndonos despacio, muy despacio. Ella bailaba subida sobre mis zapatos, apenas pesaba como una pluma, yo la sostenía por la cintura y miraba sus ojos oscuros que brillaban como dos estrellas. Siempre atento a sus movimientos, para que no se quebrara cual muñequita de cristal. Quise detener el tiempo en ese instante para siempre.

- Lo haces muy requetebien – chilló Ramón cuando regresamos a la mesa - ¿Querrás danzar ahora conmigo?
- No puedo, lo siento – contestó – estoy muy cansada, realmente cansada.

Poco después la regresamos a casa y nosotros al hotel.

Fue la primera noche, luego hubo otras tan perfectas como esa, en distintos locales y garitos de la ciudad.

Entretanto, durante el día, Gisela y yo pasábamos horas juntos en su habitación, mientras hurgábamos por diferentes sitios de la red, y ella se iba familiarizando con los protocolos cibernéticos.

Al comienzo de la segunda semana de estancia en Méjico, surgió una propuesta, no recuerdo bien de quien partió la idea, era la de organizar un viaje a la playa, y Herbert siempre tan solícito, nos cedió una casa que apenas visitaba. Tan solo aceptamos, con la condición de que Gisela actuara de anfitriona. Hubo sus más y sus menos, la madre de Gisela se opuso radicalmente a tan absurda idea, Herbert se mostraba a favor de que su hija pasara una semana con nosotros en su casa de la playa. Se creó tensión, una tensión en aquel matrimonio que ya venía naufragando desde hacía tiempos atrás, pero que aquella gotita añadida parecía ir a rebosar el vaso.

Nosotros planeábamos aquel viaje a la costa sin enterarnos realmente de lo que sucedía entre ellos, nos enteramos semanas después, por boca de la propia Gisela, sus padres estaban en trámites de separación. Divergencias de criterios, pero continuando su relación en el plano de la amistad y sobre todo cariño hacia su hija, porque a pesar del carácter protector de su madre y del dejar y dar alas de libertad de su padre, ambos la idolatraban y querían por igual y a su modo.

Para Gisela sería una estupenda terapia el tomar contacto con el agua, el poder moverse en el líquido elemento, y ese fue el factor que decidió que, acompañados por Herbert, esa fue la condición que equilibró la balanza, la compañía de su padre, pudiésemos pasar los cuatro, una agradable semana en la casa de la playa.

Cuando ella intentaba moverse en el agua, siempre estábamos dos personas a su lado, y parecía manejarse a sus antojos, siempre con flotadores, intentando coordinar las piernas y brazos con soltura deshilvanada.
Tomábamos el sol, recostados sobre la arena, jugábamos a los naipes, Ramón y yo nos peleábamos de broma por intentar estar al lado de ella, luego mirábamos el atardecer, y al anochecer encendíamos hogueras en la arena y contábamos historias, las de Ramón eran chistosas, las de Giselas tristes y románticas, las de Herbert sesudas y las mías … . bueno, las mías eran las mías.

Pero nuestras vacaciones tocaban a su fin y teníamos que regresar a España.

Nos fuimos dejando en el recuerdo las playas de fina arena de Méjico, a Cancum, a los mariachis, al clima tropical, a Herbert y sobre todo, sobre todo a Gisela.

Gisela I

Fué una especie de regalo de cumpleaños para un hombre, que a sus 82 años, sigue honrrando el recuerdo de su hija, a través de sus versos.

Cuando llegué por primera vez a Méjico, me encontré con un país distinto, unas costumbres variopintas y relativamente extrañas a las que había imaginado. Méjico Capital es un caos, un monstruo, un lugar asfixiante que te consumía, no podía respirar en ese ambiente tan colapsado, si bien es cierto que debía de cumplir con mis contratos laborales que me habían llevado hasta allá, los negocios como representante de mi empresa, las reuniones tediosas e infinitas que nunca acaban más allá de después de madrugada, las comidas de negocios impuestas, el nudo de la corbata aprisionando el cuello, las tensas negociaciones, el estrés innato dirigido a conseguir rentabilidades positivas. En fin.

Cansado de Méjico D.F., al menor respiro que tuve huí de la ciudad, busqué un hotel en el campo, en las afueras, donde podía respirar y olvidar el mundo empresarial por unas horas y unos días.

Y allí la conocí.

Era una de esas personas con las que contactas enseguida, con la que puedes hablar y contarle tus cuitas y desvaríos, que te sabe escuchar y te mira a los ojos y ves en ellos que siente tus palabras como suyas.
Se llamaba Gisela.

Nos conocimos en el parque en un día soleado de abril, le acompañaba un hombre elegante y aparentemente protector que la sujetaba por el brazo, mientras ella caminaba despacio, muy despacio.
Me crucé con ellos de frente, ella debía de tener unos veinticuatro años y una belleza y rasgos diferentes al resto de mejicanos, era pálida y esbelta, él tenía rasgos europeos y caminaba altivo conversando dicharacheramente con ella.
Al pasar junto a ellos, un cuadernillo se le calló de la mano a la mujer, presto me agaché a recogerlo para devolvérselo, era un libro de poemas caligrafiado a mano, curioso como gato, antes de devolverlo leí la primera hoja al vuelo, era un verso muy emotivo escrito con renglones torcidos, de letra grande y gótica, parecía letra de un niño ó de alguien que estuviese aprendiendo a escribir.
Me llegó al alma ese librito y estuve a punto de no devolverlo, de quedarme con él y disfrutar de su contenido en soledad, pero pudo más mi sentido de la honradez que la curiosidad de la lectura y les alcancé unos metros más allá.
Fue entonces cuando me percaté de que algo extraño sucedía, ella se movía de forma mecánica, cual un mecano de goma y se agarraba con fuerza al brazo del hombre, aquel hombre que supe que era su padre.

-Discúlpenme- les dije- se les ha caído este librito. Es suyo, ¿verdad?
-Si, muchísimas gracias, es usted muy amable .... -dejó en suspenso la frase, la pregunta-
-Miguel Angel -contesté a su pregunta no realizada- mi nombre es Miguel Angel.
-Yo soy Herbert y ella es mi hija, Gisela.
-Mucho gusto. Me van a perdonar que haya sido un poco indiscreto, pero al tomar el libro del suelo, quedó abierto por la primera página - mentí por educación y porque no me tacharan de indiscreto- y no he podido dejar de leer la primera hoja, es un verso muy bonito, es triste, pero me gustó esa sensación que deja en el aire. Seguramente el resto del libreto será igual.

Gisela se ruborizó ligeramente y bajó los ojos al suelo, me pareció que temblaba.

-Si nos perdona, vamos a tomar asiento en aquel banco, mi hija está ligeramente cansada.

Todavía con el libro en la mano, les acompañé hasta los asientos de madera, un par de metros más allá, en el borde del camino.
Observé como él la ayudaba a sentarse y sentí los ojos de ella clavados en mi, y note que se resistía a dejarse ayudar e intentaba por todos los medios no parecer una mujer desvalida ante mi presencia. Pensé que su orgullo la podía y se sentía avergonzada de tener que necesitar en aquellos momentos la ayuda de su padre para un acto tan simple como el sentarse.
Tenía unos rasgos físicos muy agradables, que podría tildar incluso de belleza, y unos ojos muy vivos. Sentí compasión. Sentí curiosidad. Sentí deseos de compartir un rato su vida y de hacerme íntimo amigo suyo.

Gisela alargó su brazo para pedir el libro, mi primera reacción fue dárselo, y cuando ambos lo sujetábamos por extremos distintos para el intercambio de mano, una idea afloró en mi mente y salió hecha palabras:

- Me permitiría usted leer sus versos – Balbuceé-
- No creo que valgan mucho – escuché por primera vez su voz, dulce y femenina- son probablemente muy infantiles y personales.
- No me importa – Insistí- Me gustaría leerlos, prometo no decirle que no me gustan si ello ocurriese.
- Yo … no sé …- Y miró de soslayo a su padre-

Herbert sonrió y movió la cabeza en un gesto afirmativo. Me senté a su lado en el banco, y abrí el libreto de versos. El sol calentaba tibio. Algún que otro pájaro trinaba entre las copas de los árboles y me sentí contento allá sentando a su lado, leyendo sus sentimiento, porque eso era lo que hacía, leer un poco de su propia vida interior expresadas en palabras.
No recuerdo el tiempo que pasó hasta que oí decir a Herbert que debía comprar tabaco y me pedía que cuidara de su hija mientras regresaba. Le vi mirar a su hija con un gesto de complicidad. Nos dejaba solos. Pensé que yo le agradaba y le vi sonreír a su hija.
Más tarde, cuando hablamos, me confesó que había visto a su hija muy ilusionada al presentarme yo como interesado en sus poemas, y que por ello nos dejó solos premeditadamente.

Conversamos sobre sus versos.
Le gustaba hablar francamente, sin tapujos ni ambalajes, de esa manera que se le habla a un extraño con el que piensas que nunca volverás a ver y no tienes miedo de confesar tus miedos y tus ilusiones.
Hablamos de Méjico, de España, de su vida, de mi trabajo, de Herbert, de su madre, de su enfermedad, si, también hablamos de ello, de esa maldita maldición que le había tocado en la rifa de los perdedores. Esa enfermedad que no le dejaba vivir, y que a pesar de su fuerza la iba erosionando lentamente.

Creí reconocer en ella a un alma encerrada en el cuerpo de muy bella persona.

Nos despedimos. Quedamos en volver a vernos al día siguiente, en tomar un refresco en la terraza de un bar y regresarle su libro, pues ella confió en dejármelo y en que yo se lo devolvería.

Estuve leyéndolo hasta terminarlo en la noche y creí entender un poco más la vida de aquella mujer.

El día siguiente fue divertido y agradable, ella y yo mirábamos a Herbert y le veíamos sentirse como una especie de Celestina, como un acompañante que vela por el honor de una dama y hacíamos burlas entrañables sobre su situación entre los dos.
Un día para recordar, inolvidable.
Me había encariñado de aquella mujer, de aquella familia, pero debía regresar al día siguiente a Méjico D.F. y partir en tres días hacia España.

Prometí regresar.

El último deseo

Un día apareció una noticia de un niño que se había suicidado, supuestamente por acoso y humillaciones recibidas por parte de sus compañeros de colegio.

El siguiente relato me ha quedado un poco duro, áspero. Yo no querría leerlo. Quedáis advertidos. Otros dirán…, bua, tampoco es para tanto, muy blandito.

Mañana cumpliría 12 años y pediría un deseo, mañana podría ver la realidad hecha ilusión.
¿Qué pediría?. ¿Qué deseo pediría?.
Cerró los ojos y pensó, las gafas de pasta gruesa le deformaban la nariz y los cristales gruesos del tipo culo de botella le daban el aspecto de un niño envejecido. Le pesaban las gafas. Se las arrancó de golpe y las tiró al suelo, los cristales no se rompieron, los pisoteó y los lentes crujieron, saltó sobre ellos con rabia liberadora.
Borrosamente intuía ahora su habitación.
Se acabó. No más cuatro ojos. No más gafotas. No más burlas. No más niño asustado.

Su primer deseo de mañana sería ver sin gafas.

Palpó la pared de la habitación hasta llegar al cajón de la mesilla donde guardaba una tableta de chocolate blanco y con avaricia y glotonería, sentado sobre la cama, la engulló enterita acompañada de unos emanens, unas gomilonas, gusanitos y un pedazo grande, -lo que quedaba -, de un brazo de gitano .
Se acabó. No más gordo. No más vaca “Guili”. No más risotadas. No más niño asustado.

Su segundo deseo de mañana sería comer siempre lo que le diese la gana y no estar nunca gordo.

Con el estómago quejándosele e intuyendo bultos en las formas, se acercó al armario y sacó un balón de reglamento nuevo sin usar, pero viejo, de dos años atrás cuando mamá se lo compró, pero no sabía jugar al fútbol y lo botó sobre el suelo, intentó patearlo con tan mala profesionalidad que ni lo rozó. Rodó hasta rebotar con la pared y allá quedó, volvió a intentar patearlo, pero con tanta perfección de lo absurdo que emitió un chillido cuando su pie impactó contra la pared y se arreó un culatazo contra el suelo al perder el equilibrio.
Se acabó. No más jugar de árbitro. No más de recogepelotas. No más balonazos. No más niño asustado.

Su tercer deseo de mañana sería ser el mejor futbolista del colegio.

Se palpó su trasero dolorido y se rascó el brazo, la cabeza, la espalda, el picor producido por la psoriasis le empezó a molestar en aquel momento, sus dedos buscaban las zonas enrojecidas, enrojeciéndolas aún más con el rascado. Harto de aquello palpó el cajón de la mesilla, sacó la pomada y se la aplicó. Le dolía el estómago, el culo, le picaba todo el cuerpo y apenas distinguía mas que formas abultadas.
Se acabó. No más "Eso se pega, no te me acerques". No más "largo piojoso". No más leproso. No más niño asustado.

Su cuarto deseo de mañana sería no padecer ningún dolor ni ninguna enfermedad.

Los deberes, los había olvidado, y mañana había control, y las gafas estaban en el suelo hechas pedazos. Bien, adelantaría la petición de sus deseos al momento de despertar, antes de ir al colegio, daba igual, para entonces ya tendría doce años y podría pedir lo que deseara, por lo que no tendría que someterse a ningún examen más.
Se acabó. No más vago. No más zoquete. No más brazos en cruz de cara a la pared. No más repetir mil veces. No más niño asustado.

Su quinto deseo de mañana sería ser listo.

Cansado, se tumbó en la cama, no quería pensar en el matón del colegio y sus compinches, pero lo hizo, le estarían esperando para exigirle el maná, “la paga”, para echarle la zancadilla, hacerle los “perrillos”, o mojarle los pantalones a la altura de la bragueta para que todo el mundo pensara que se había orinado encima.
Se acabó. No mas humillaciones. No más golpes, ni capones, ni patadas. No más ultrajes. No más niño asustado.

Su sexto deseo de mañana sería ser fuerte y valiente.

Como el sueño no llegaba, empezó a pensar en algo agradable, en la chica más guapa de la clase, en Laura, no era una niña tonta como las otras, las que le decían, “vete a jugar con los niños, gordo cuatrojos”, pero nunca le había dirigido la palabra y eso era aún peor que un insulto ya que simplemente no existía.

Su séptimo deseo de mañana sería ser un niño guapo e interesante.

Y calló dormido.

Y entonces soñó que sus padres le compraban unas lentillas para niños, y le habían apuntado a un gimnasio también para niños, donde un profesor le daba clases para mantenerse en forma física correcta y perder peso, y un entrenador de fútbol le enseñaba el manejo del balón y su madre le empezó a no mimar tanto y a controlar los dulces que comía y encontró que la geografía, la naturaleza y las matemáticas hasta eran divertidas si se las sabían contar y explicar bien y sin castigos, como estaba empezando a hacer su padre, el cual le enseñó también a pelear jugando y le empezó a hablar de chicas y como tratar con ellas. Era un sueño muy completo, y muy largo, y no quería despertar, no quería cumplir 12 años, quería quedarse con su sueño y no con sus deseos, porque el sueño era real y ahora, y los deseos, deseos eran nada más.
Y decidió no despertar ya nunca más. No cumplir 12 años.
No deseaba deseos. Con su sueño imperfecto le sobraba.
Y soñó que pasaba un año y otro y otro y soñó que seguía dormido ,y se hacía adolescente, luego adulto, luego mayor, y cuando soñando su sueño llegó a viejo sonó el despertador.

Encendió la luz, era el día de su cumpleaños, pero seguía viendo bultos borrosos, le dolía y picaba el cuerpo entero, le dolía la barriga, hasta el trasero.Un control le esperaba en el colegio. Le diría a mamá que se le habían roto las gafas y que no veía nada y así no iría a la escuela, ni se encontraría con acosadores infantiles.
Era una buena idea. Pero algo no cuadraba en la historia.
¡ Las gafas de repuesto ¡
Corrió hacia el cajón, a tientas las sacó, mientras, intentaba pensar como deshacerse de ellas, se acercó al espejo, aunque ese día no fuera al colegio, pensó en lo único agradable que allí encontraba, en Laura y quiso ponerse guapo para ella, se colocó las gafas sobre el puente de la nariz, por última vez, antes de romperlas y coqueto y vanidoso se miró sobre la luna de cristal y allá vio a…
…A un viejo medio moribundo y tembloroso con el pelo desgreñado, que le miraba a él fijamente desde dentro del espejo. Era realmente repulsivo.

Su último deseo fue volver a cumplir 12 años.

Llorando por tí.

Basado en una experiencia real acaecida a cube_ice. Una forera de un foro literario atramentero.

María había encendido su programa de mensajería instantánea para comprobar el correo y platicar un poco con sus ciber-amigos de Internet, ese día y a esa hora, después de comprobar que no tenía ningún emilio y que ninguno de sus contactos estaba conectado, empezó a aburrirse y deseó que alguno de ellos se conectase para hablarles sobre un nuevo cuento que estaba escribiendo, y apareció una ventanita nueva, un desconocido intentaba contactar con ella. Se dijo a sí misma que sí, adelante, y pulsó en el botón de aceptar contacto. Se abrió la pantalla del MSN y en el rinconcito superior derecho se fue esbozando una imagen, como surgiendo de la niebla, el rostro, casi infantil, de una mujer, la miraba a través de un cuadradillo de la pantalla. Desde su teclado escribió: "hola, ¿Quién eres?". La otra mujer levantó los ojos y María apreció en ellos que estaba llorando. Era una imagen muy pequeña, un recuadrito de escasos centímetros cuadrados, pero pudo verla llorar a través del Webcam.
Estaba allí, viendo a una desconocida que había entrado en su casa a través de la Red y que le enseñaba unas lágrimas corriéndole por las mejillas. "¿Qué te ocurre?. ¿Quién eres?".
La desconocida seguía sin responderle, sin escribir nada. Tan sólo parecía mirarla, María la observaba, y sabía que era imposible que esa otra mujer pudiese verla, pues ella no disponía de Webcam, era una mujer guapa, joven, triste, unos labios doblados hacia abajo.
- "Hola". "Dime algo". "Puedo verte y te veo llorar". "¿Como has contactado conmigo?" "¿Necesitas ayuda?" .
María veía moverse sus ojos mirando de frente, hacia abajo, no tenía dudas que estaba leyendo lo que ella le escribía, pero ¿Por qué no constestaba?. Había tanta tristeza en ese rostro, tanta amargura, que María empezó a sentirse mal, por no poder hacer nada, no estar a su lado. Y escribió una y otra vez :
"Dime algo, por favor" "Dime algo" "Dime algo" .
Esos ojos, en la pequeñez de la imagen, le cautivaron, le sedujeron, le hicieron notar un vacío, un algo especial, como si la conociese de algo, como si la hubiese visto antes, esos ojos, esas lágrimas, esa juventud que ella había perdido ya, -y que ahora tan solo navegaba entre los recuerdos de su álbum de fotografías-, estaban allá delante. Pero María siempre había sido una mujer feliz, (casi siempre), y aquella otra extraña del otro lado, sin embargo, era todo lo contrario a ella, tenía la juventud y esa belleza que se mostraba en pequeñito en la imagen y ahora empezaba a notar una familiaridad, una empatía, un velo que corría sobre su mente y le decía que sabía quien era, sin saberlo.
En la zona inferior del messenger vió escrito : "Maria_alone está escribiendo un mensaje" . Era curioso, la desconocida usaba como nick el mismo nombre de pila de ella. Aguardó con curiosidad a que el mensaje escrito apareciese en la pantalla.
- Estoy contenta de poder estar hablando contigo- ¿Me ves bien? .
Y una mueca de una sonrisa forzada se dibujó en aquel rostro recortado en el cuadrado chiquitín del PC.
María respondió que si, que en pequeño, pero que podía verla y esta vez omitió escribir la sensación de tristeza que palpaba a través de la imagen y pretendió mostrarse amable y simpática con aquella extraña.
- Quería hablar con alguien. Quería hablar contigo. Sé que no tienes micrófono, hubiésemos podido hablar, en vez de escribir.
María, extrañada, le preguntó como sabía ella eso. ¿Cómo sabía que no disponía de micrófono?.
- Eso no importa ahora. No tengo mucho tiempo. Quiero que leas lo que te escribo y que me creas.
- Bien –escribió María- ¿dime?
- Voy a mandarte un archivo, es una fotografía, acéptala. No tengas miedo, no te va a hacer ningún daño.
- Lo haré, pero antes dime quien eres y qué quieres. ¿Por qué estás triste?. ¿Por qué lloras?.

Transcurrieron unos segundos de silencio en la comunicación escrita, -es curioso como empleamos los términos relativos a la comunicación oral, cuando estamos comunicándonos por mensajes escritos- María miraba aquel rostro. ¡Le era tan familiar! . Apartó todos sus miedos a un posible contagio en su computadora y con el botón del ratón pulsó sobre el enlace de aceptar, la barra indicadora de transferencia de archivos se fue iluminando hasta rellenar todo el hueco. Transferencia terminada.

- Cuando abras el archivo sabrás el motivo de todo, sabrás quien soy, sabrás porque lloro. Ahora quiero despedirme. Tú y yo somos tan semejantes. Tan iguales.
- Espera, espera, no te vayas, me gustaría saber algo más de ti. ¿Por qué estás llorando?.
María quería retenerla, intuía que las palabras de aquella desconocida iban a ser las últimas que recibiría e intentaba, con el ardid de las preguntas, retenerla al otro lado. Ayudarla.
- ¿Acaso no te conoces a ti misma? . Estoy llorando por ti.
Fueron sus últimas palabras. En el MSN apareció el mensaje, “el usuario Maria_alone aparece como desconectado, puede que no reciba su mensaje” .

María intentó inútilmente escribir algo, pero fue en vano.
En su mente se repetían una y otra las últimas palabras de aquella mujer, ¿Acaso no te conoces a ti misma? .. A ti misma … A ti misma.
Buscó el archivo gráfico que la desconocida del otro lado de la Red le había enviado y lo abrió. Era una fotografía.

Nada es eterno

Nada es eterno. Nada. A pesar que pueda parecerlo, aunque firmes un contrato de puño y letra, aunque lo prometas ante un altar repleto de profetas, aunque lo selles con un pacto de sangre ó lo rubriques fumando la pipa de la paz, nada es eterno.
Pues existen dos palabras que borran la existencia de lo inmortal, transformando en adivinos agoreros a los creyentes : El tiempo y el olvido.
Transcurrir del tiempo y olvido de promesas dichas en los momentos intensos de rabiosa exacerbación de las pasiones.

La única cosa realmente importante en su vida había sido encontrar unas hojas de papel, cual diario, encerradas en una botella varada sobre la arena de la playa.
Paseando melancólica y cansada sobre sus propios pasos, de pies descalzos, en el solitario litoral, bordeando la línea de la costa, soñando con el pasado, con los naufragios de su propia razón, embutida en el misterio de sus pensamientos íntimos, ella se sobresaltó al oír gritar al mar, -eso creyó-, y al mirar en su derredor, allá brillaba un cristal de color verde marino. Pensó en genios encerrados en botellas.
Extrajo la botella semienterrada en la arena y con la curiosidad de un gato, hurgó sobre el tapón, que se resistía a ceder a sus intentos. La opacidad de la botella impedía ver su contenido, pero al batirla , allá dentro se intuía el movimiento de algo, algo se movía cual sutil amante huyendo de la casa de un marido burlado.
Cuando el tapón cedió, un olor a rancio y salino se escapó de su interior, invadiendo su microecosistema, un olor que la acompañaría durante unos larguísimos minutos, impregnado sus ropas y sus manos de una sensación de antaño, de lo arcaico, de algo pretérito y rancio.
Cuando tuvo en sus manos el interior de aquella botella, tras un arduo y preciso trabajo, encontrose ante una carta fechada hacía 30 años, seis papeles enrollados, y cinco días de una vida efímera y una declaración de sentimientos.
Casi se deshizo en sus manos cuando despegó la primera hoja manuscrita, que el viento se llevaba a trocitos. No había nada legible en esa primera hoja, excepto un nombre de mujer, en ese primer pedacito que parecía servir de envoltorio al corazón. Más la segunda hoja, contenía la primera carta, el primer día de un breve diario espaciado en el tiempo, la tinta estaba pegada al papel a trazos de líneas irregulares y parcialmente comprensibles:
- Hoy dejamos el puerto, embarco hacia... Me he despedido con tristeza de ... Un beso ... Un adiós ... Una lágrima de ... El viaje es largo hacia .. Te echaré de menos.
Reflejaba el día de partida de un marino hacia un destino.
La segunda carta, sin fecha, hablaba de sus peripecias a bordo, de sus trabajos, de la rutina de la pesca, la salazón, las redes, las velas, la mar en calma y siempre un deseo de vuelta, un anhelo por estar en tierra y al lado de una sirena porteña, quizá tostada, quizá de piel blanca.
Se sentó sobre la arena, el sol le acariciaba la piel, desenrolló la siguiente hoja de papel con sumo cuidado y leyó a trazos la historia de un deseo y la melancolía de un regreso, la eternidad de unas palabras escritas. La monotonía y la soledad en medio de un mar infinito que no tenía fronteras. Hablaba sobre el trabajo duro y rudo y la camaradería y amistad del grupo de pescadores, pero eso, eso no era suficiente, entre sus letras se intuía la necesidad de alguien que dormía en tierra, allá donde sí hay fronteras.
La cuarta hoja de papel, hablaba sobre el regreso, el esperado regreso a tierra, el encuentro con un alma gemela que espera, bajo la promesa de un encuentro para siempre:
- En dos días llegaremos a puerto ... Estaremos juntos para siempre, siempre. No volveré a separarme de tu lado... No volveré a la mar porque ... Es duro estar lejos ... tanto tiempo sin tenerte ... Prometo no volver a separarnos nunca
La última hoja legible del interior de la botella, tenía fecha de un día posterior, hablaba de una mar embravecida, de las olas estrellándose contra la popa, del barco hecho una cáscara de nuez a merced del tridente de Neptuno y las últimas palabras escritas eran:
-Te querré siempre, María.


Enrolló las hojas de papel y las introdujo en la botella de nuevo, excepto la última, que guardó cerca de su pecho, en el interior del bolsillo de su camisa marinera.
Regresó, andando sobre la arena de la playa solitaria, caminó un par de kilómetros, subiendo hacia el acantilado, allá, se detuvo un instante, sacó el trozo de papel del bolsillo y con su pinta-labios escribió en el reverso:
- Te esperaré siempre.
Introdujo el papel en la botella y la arrojó al mar.

María aún espera encontrar, aunque pasen otros treinta años, una respuesta a su carta enviada a la mar, y por ello pasea, durante largas e interminables horas, descalza, mirando sobre la arena, y a ratos sobre las olas del mar, ver brillar un cristal verde marino.

Un día negro

Un día negro

Ayer había sido uno de esos días cargados de tensión, su proyecto estaba entre los dos finalistas y hoy se fallaba en concurso. Estaba realmente nervioso. No es que aquello significara el reto más importante de su vida, pero si era un orgullo y un privilegio el ser elegido ganador, a parte, claro está, de los dividendos que le aportaría. Recibió la llamada telefónica tan esperada. Su proyecto había sido seleccionado en segundo lugar. Adiós fama. Adiós satisfacción. Adiós éxito y prestigio. Su reputación no alcanzaría en esta ocasión la gloria. En fin. Ser segundo tan sólo le reportaría las migajas, un consuelo menor, un trabajo más arduo que hacer y peor pagado, habría de ocuparse de la parte flaca del león.
Desayunó a mediodía en compañía de una de sus secretarias, como solía hacer desde hace tres meses, y los rumores habían empezado a circular en su círculo de amigos y conocidos y esos rumores habían llegado a oídos de ella que ese mismo día estaba dispuesta a cercenar, tenía una reputación que mantener.
Primero había perdido el proyecto y ahora perdía la compañía de una muy linda y agradable mujer con la que se sentía muy bien. Siempre había dicho que esos ratos que pasaba desayunando con ella eran los únicos momentos de placer que le hacían la vida más agradable en el trabajo y ahora debían dejarlo, a petición de ella, por cortar de raíz los malintencionados comentarios de mentes ociosas. No había insistido mucho, ella se lo pidió tan encarecidamente que él, a pesar de no darle importancia a las habladurías, le dijo que se sentiría muy solo, pero no le importaba, eso si, seguirían celebrando los cumpleaños juntos y algún que otro día especial.
Era el hombre más tranquilo del universo. En vez de enojarse, simplemente se entristeció un poco y pensó en cual sería la siguiente desgracia que le acaecería aquel día.
Le llamaron de la guardería, su hijo tenía unas décimas de fiebre, su mujer no tenía tanta facilidad de abandonar su trabajo, así que él se acercó al colegio, recogió al niño y lo llevo a casa de los abuelos para que pudieran quedarse con él y llevarlo al médico. Al parecer eran unas pocas décimas, no era la primera vez que le llamaban, aquella gente, cuando notaban el más mínimo síntoma llamaban a los padres, en parte por el peligro que podría suponer para el resto de niños algún contagio, como para el propio niño, no querían hacerse cargo de que algo peor ocurriese, al fin y al cabo era comprensible, eran niños, y no podían hacerse responsables de que algo les ocurriese.
Al regresar al trabajo, en un cruce, un coche embistió contra el suyo. ¡Zas!. Un golpe en el lateral. Un golpe de chapa, sin heridos, pero con la consiguiente molestia.

Menudo día más horrible, y aun eran las doce del mediodía.
…

Esa noches, antes de acostarse, le dio un beso de buenas noches a su hijo, que dormitaba tranquilamente, y pensó en lo feliz que se sentía en ese momento. Le dio otro beso a su mujer y sintió que era feliz entonces, en ese instante.

Y …
¿Ya está?
¿Eso es todo?

Sí. Eso es todo.
¿Es que acaso debería buscar más desgracias? ¿Algo trágico, cruel, morboso? Algo así como una enfermedad incurable, un asesinato, la ruptura de un matrimonio. No.

¿Es que acaso debería buscar más desgracias para acabar diciendo que la felicidad se siente, que no se tiene? .